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En torno a los supuestos topos de la CIA en el gobierno afgano

La noticia sobre los supuestos topos de la CIA en el gobierno de Afganistán desapareció de los medios de información en un abrir y cerrar de ojos.

Por Dmitri Kosirev – RIA Novosti

Y eso, a pesar de (o debido a) que se trata de algo que podría provocar un escándalo a escala mundial y una profunda investigación dentro de la Administración estadounidense.

En cualquier caso, Washington tiene ahora muchos otros dolores de cabeza, aparte del de Afganistán. El pasado fin de semana, los conservadores estadounidenses organizaban en el centro de Washington una manifestación sin precedentes contra el presidente Barack Obama. Obama que, al mismo tiempo, estaba preparando un discurso sobre los fundamentos de la política externa de los EEUU al respecto de la retirada de las tropas de Irak. Sólo estos dos eventos ya son suficientes para eclipsar a los agentes de la CIA infiltrados.

La chispa se encendió la semana pasada, cuando el periódico New York Times acusó, o más bien, informó que el Jefe del Consejo Nacional de Seguridad, Mohammed Zia Salehi, es un colaborador de la CIA y percibe dinero de esta organización. Al rotativo neoyorquino le siguieron otros medios estadounidenses en sus acusaciones a otros políticos del gobierno afgano por el mismo motivo.

Durante el pasado fin de semana, desde Afganistán llegó un comunicado oficial del servicio de prensa del Presidente, Hamid Karzai, afirmando que ningún miembro del gobierno de Afganistán está en la nómina de la CIA. Además, que “el gobierno afgano contempla esta propaganda infundada como perniciosa para la alianza antiterrorista” y “condena concluyentemente las acusaciones indiscriminadas, que difaman a los miembros del gobierno de Afganistán“. El comunicado fue apoyado por algunas personas allegadas al Presidente.

Esta historia puede ser analizada desde varias perspectivas. Elegimos dos: la afgana y la global, por ser las más ilustrativas.

El mes pasado, Mohammed Zia Salehi fue detenido por la comisión anticorrupción angloamericana. Pero gracias a la mediación del presidente Karzai, fue puesto en libertad. Posteriormente, le acusaron de ser agente de la CIA.

Por una parte, este hecho no es tan extraño y no debería ser motivo de escándalo. Las tropas de los EEUU y de sus aliados están en Afganistán desde hace ya mucho tiempo, desde el invierno de 2001-2002. El gobierno de Hamid Karzai fue formado por los EEUU y es un gobierno de ocupación. Así lo ve todo el mundo, así lo ven los afganos. Sería muy raro que la administración afgana estuviese totalmente libre de la influencia de los servicios de inteligencia estadounidenses y de sus agentes. Pero como la campaña contra el extremismo y el terrorismo goza del apoyo de muchos países, incluida Rusia, a nadie se le ocurre protestar.

Precisamente estos fueron los argumentos que esgrimieron en los medios de comunicación los analistas en relación con las primeras acusaciones contra Salehi. Corroboraron que la CIA lleva en el país varias décadas y tiene muchos agentes en la administración afgana. Pero sus voces no tardaron en apagarse.

Y es que el gobierno afgano no desea ser visto como un gobierno de ocupación y se esfuerza mucho por distanciarse de esta imagen y comenzar desde cero, aunque sea con la misma gente. Esta es la razón de la indignación, provocada por el servicio de prensa. El modesto, pero muy poderoso jefe del Gabinete de la Presidencia, Mohammed Umar Daudzai, subrayó en una de sus entrevistas que “es muy importante que los afganos tengan conciencia de que Afganistán es un estado independiente, guiado por la voluntad política de Hamid Karzai“. A propósito, Karzai, a pesar de la presencia militar estadounidense, lleva más de un año estableciendo relaciones con otros países, incluida China.

Sin embargo, hay en todo esto un pequeño matiz, importante, y no sólo para Afganistán, sino para todo el mundo: ¿Por qué al gobierno de Afganistán le molesta tanto que algunos de sus funcionarios sean agentes del servicio de inteligencia de un país amigo? Porque esto rebaja su autoridad ante los ojos de sus conciudadanos. A principios de los años 90 se teorizó mucho sobre los nuevos matices de la palabra “soberanía“, globalización, y exportación del modo de legislar de un Estado (refiriéndose a los EEUU, claro está, o, en último término, a los países de la UE) a otros Estados. Y en esta tesitura, no debería haber ningún problema en que algún ministro del gobierno afgano es o pudiera ser agente de la CIA.

En la Rusia de los años 90 los políticos con doble nacionalidad estaban mal vistos. A comienzos del siglo XXI surgió la moda de que las esposas de los líderes de ciertos países, tales como Ucrania y Georgia, por citar algunos, fueran extranjeras. Otro caso interesante es el de la ministra de economía de Georgia, Verónica Kobalia, de 28 años de edad, fotografiada en el escenario de un club nocturno. No hacía nada malo allí, pero seguramente sería interesante investigar de qué modo esta ciudadana canadiense de origen georgiano ha llegado a ser ministra.

Y es que no todo lo nuevo es bueno. A veces hay que respetar los conceptos tradicionales de poder, ciudadanía e intereses nacionales.

Fuente: IAR Noticias

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